TITAINA IBÉRICA  (por Bigas Luna)

TITAINA IBÉRICA (por Bigas Luna)

Hace más o menos un año que murió Bigas Luna. Me lo encontré en La 2 repasando los iconos ibéricos en el documental en el que él mismo se dirigió. Ese repaso que hacía de símbolos e iconos de nuestro país reflejando la cultura ibérica, tanto positiva como negativamente, me llevó a revisar todos los placeres que encontré en El Cabanyal mientras hacía el trabajo de campo previo al rodaje de “Pedazos de mi”.

Cuando vi “Jamón Jamón” yo vivía en Londres, era una adolescente estudiando inglés y mis hormonas luchaban unas contra otras buscando un lugar donde apaciguar el exceso. Menciono el exceso, en el sentido más armónico de la palabra, y no puedo evitar pensar en La Pascuala, en sus bocadillos de barra de pan con dos manos. Llenos de carne de caballo, de lonchas de jamón y cebolla, de huevos fritos, de patatas bravas. Las tripas se te abren al son de tabalets y dolzainas. El tiempo ha pasado y los bueyes que varaban embarcaciones y salvaban náufragos en la playa del Cabanyal, ahora se comen a lonchas en La Pascuala. Y a dos manos. ¡Claro que sí! ¡Todo siempre es mucho más jugoso a dos manos!

Bigas Luna hablaba de la fregona, del chupa-chup, de los huevos del toro de Osborne… Yo rememoro mientras salivo el plato lleno de clóxinas de Casa Diego con una cerveza bien fría, amarilla, con espuma… ¡eso sí que es fetichismo!

Y si hablamos de desfogar la presión interna después de días andando por solares desiertos, descubriendo luchas vecinales y viendo tapiar casas de las que salen los habitantes okupas con sus colchones de muelles cargados en carros de Mercadona, no hay nada más tradicional que aposentar el culo en un taburete junto a un gran barril que hace de mesa y degustar unas anchoas despeinadas con tomate raff en Casa Guillermo.

Y veo cometas en el cielo, caxirulos de Pascua ondeando por la playa de La Malvarrosa. Y se hace de noche, pero no es una noche cualquiera, es la noche de la resurrección y en el Cabanyal no se quedan quietos rezando y cantando aleluyas, no. Vuelve el exceso y escucho ruidos de algo que se rompe. Giro la esquina y entro en la calle Barraca. Cubos llenos de agua son lanzados por las ventanas. Pero… y los ruidos, ¿de dónde proceden? Avanzo por la calle y he de apartarme pues  por las ventanas salen disparadas vajillas,  piezas de loza que arrojan sin parar. ¡Es alegría porque dios ha resucitado! Si en “La teta y la luna” de Bigas Luna salía un chorro de leche de un pezón, aquí sale la porcelana por la ventana. ¡Qué lujuria! Sin embargo, no es un efecto ilusorio como en el filme, es una realidad que hace que mis hormonas ya más reposadas que en Londres vuelvan a correr por mi cuerpo en busca de un cobijo donde serenar la escena surrealista que lamento no haber podido grabar.

Y me refugio en Casa Montaña. Y pegada a la mesa-barril me sirven una tapa de titaina ibérica con pan. Ibérica porque el tomate es de la huerta mediterránea y el pimiento… Mis papilas gustativas se excitan expandiéndose y contrayéndose con ese pisto de pimiento, tomate, atún y piñones. Tollina de sorra, es como la llaman. Y observo, a través de la ventana, y el sol que se filtra me calienta el pecho, el rostro, y el estómago arde con el vino tintorro, con el porrón que alzo y elimina su líquido rosado, violeta. Y echo de menos otra película de Bigas Luna, mientras las chitis que pasan por la acera gritan a sus hijos pequeños que hincan la cabeza buscando al fondo de un contenedor. Esto no es La 2, ni estoy en Londres, pero hay exceso por todas partes. Qué bueno está el vino del porrón.

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