SOBRE EL MONTAJE

SOBRE EL MONTAJE

Dicen que el montaje es otro parto. Después de parir las escenas en el rodaje donde el corazón me latía a mil, me enfrenté al montaje pensando en el corazón. Dicen que el corazón es como una casa donde alojas un afecto en cada habitación, no hay que juntarlos, ni tenerlos todos en el mismo piso. Hay que dejarlos sueltos, libres de ir y venir, sin agobiarlos.

Tengo que hacer un relato emocional conducido por lo que ocurre en el interior de los personajes. No me voy a guiar por situaciones argumentales. Así que me concentro en captar la emoción específica de cada escena o de cada instante. Me pongo en el lugar de los personajes y eso hace que el trabajo de montaje sea más interesante. El reto de montar una película como ésta es que cada espectador va a reaccionar ante ella de forma diferente en un principio, pero no tienen que saber ni anticipar lo que va a pasar porque la película los va a arrastrar según se vaya desarrollando.

Podría decirse que esta película tiene una factura de documento, desde el que se observa el barrio de El Cabanyal cuando se pasa por él. Había que lograr que el espectador participara de la vida del barrio a través de los personajes. Nos metemos en la problemática del barrio con gran sutilidad. El montaje es clave para intuir el deterioro del barrio sin implicaciones políticas, sin prejuicios establecidos, así la historia adquiere una visión más universal.

La puesta en escena realista y la excelente interpretación ayudan a mantener la atención de quien comienza sin entender nada y haciéndose muchas preguntas de lo que pasa, del porqué de esa actitud o de si esto sucedió antes o después de lo otro.

Montando este film me he sentido como una directora de orquesta, contrapesando, compensando, llevando la mirada al paisaje cuando convenía, llevándola a los secundarios, llevándola a los grandes momentos de las interpretaciones, mimando al actor con un ritmo exacto, con una fotografía naturalista y molesta en muchos momentos.

Mi apuesta es arriesgada porque no respeta la linealidad narrativa temporal ni espacial y trocea las secuencias en tantas piezas que el espectador debe adoptar una actitud activa para ir recomponiendo un puzzle en que todo encaja perfectamente al final. Este ha sido el objetivo de mi cuidado montaje.

No hay nada gratuito, toda acción tiene sus consecuencias y los personajes se ven obligados a asumirlas y afrontarlas.

Más allá del paisaje construido de forma natural por la destrucción de casas sacrificadas por el afán de un urbanismo demoledor, la película se construye a sí misma con la solidez que a veces deviene de la irregularidad. Irregularidad por la forma en que está contada. Por la historia que cuenta. No hay garantías de nada. Sólo de que hay vida y de que hay que hacerse responsable por ella. Quizás, detrás de esos “pedazos” a los que alude el título de la película -reflejo tanto de la vida de la protagonista, como del estado del barrio- se esconde algo que vale la pena descubrir.

Cuando acabé el montaje, mi corazón se había serenado, cada afecto que habitaba en él tenía su espacio en ese lugar diáfano que es el cine.

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