ESA EUFORIA DE NO SENTIR NADA

ESA EUFORIA DE NO SENTIR NADA

Después de solucionar nuestro problema y localizar  otra casa gracias a la colaboración de uno de los hombres que más aman al Cabanyal, gracias Vicente, continuamos con el rodaje. Teníamos 14 días para grabar, ni uno más ni uno menos. Así es como lo establecía nuestro plan de rodaje según el presupuesto. Sancho, el director de fotografía, y yo habíamos acordado que no utilizaríamos ni un solo foco artificial.  Una de las características de la película es que siempre rodaríamos con luz natural.  El sol era el que indicaba la hora de citación con los actores. Si no hacía sol, nos íbamos a casa y se suspendía el rodaje. No hemos utilizado ni un solo foco de luz artificial. Sancho, que venía del norte de España a trabajar a Valencia, quería experimentar con la luz del Mediterráneo.Y era agradable verlo disfrutar. Estudiaba cada día la posición del sol y el rodaje se movía a la misma velocidad que lo hacía el GRAN FOCO.

Pero todo se volvió lúgubre el tercer día de rodaje. Ese día, grandes nubes tapizaron el cielo de nuestra ciudad y el sol decidió no despertar y no acudir al rodaje. A pesar de ello, todo el equipo acudimos a nuestra cita en la calle José Benlliure 171, en el solar donde transcurre la mayor parte de la película.

Después de un rato mirando el cielo, decidimos volver a casa y posponer el rodaje. Cuando piensas sobre el rodaje paralizado de un día nublado en el momento en que estás pensando en rodar, es como cuando lees un poema de Paul Verlaine, sus frases fluidas parecen tener sentido, pero cuando levantas la vista de la página resulta imposible decir cuál había sido ese sentido. Me fumé un peta y me puse la película de Los amantes del Point de Neuf de Leos Carax. Ahora no sentía nada. Podía ver la sucesión de planos de la película sin escuchar los diálogos y buscaba el sol en cada secuencia. Me entró una especie de euforia por mi repentina incapacidad de sentir. Después vi Una habitación con vistas, de James Ivory, y pensé en mi equipo de rodaje que había confiado en mí para rodar una película cuyo ayudante de dirección era el sol, que decía a qué hora teníamos que empezar cada mañana. Llamé a Sancho y se estaban tomando unas clóxinas en casa Diego, en la calle Escalante.  Cuando colgué tenía una llamada perdida.  Era José Manuel, el párroco de la Iglesia de Los Ángeles del Cabanyal. Me decía que teníamos permiso para rodar dentro del templo. Quien me iba a decir a mí que un sacerdote me iba a salvar de esa euforia repentina de no sentir nada. Cogí mi carpeta y continuamos el rodaje en el interior de la iglesia.

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