'EL TRANSMEDIA DE “PEDAZOS DE MÍ”

EL TRANSMEDIA DE “PEDAZOS DE MÍ”

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Tijeras, máquinas de coser, agujas, bobinas de hilos, colores, telas, ganchillos, lana, algodón, patrones. La casa abandonada nos vio aparecer de buena mañana, mirándola desde todos sus ángulos. ¿Qué pasa?, pensó. Era parte de un proyecto transmedia que había empezado con una película y ella formaba parte. Pero no lo supo hasta esa mañana. Se emocionó al hincharse sus cortinas como panzas cuando vino el viento. Había estado muchos años desnuda y las grietas minaban su apariencia, se introducían sigilosas por sus puertas y ventanas. Incluso alguien había pensado en quitársela de encima, acabar con ella. De eso trata la película, de las casas que han sobrevivido a la destrucción masiva del barrio de El Cabanyal y las gentes que viven ahí.

Pero esa mañana fue el inicio de un gran día. Todos la iban a proteger. Mucha gente dispuesta a arroparla. ¡Está tan guapa!

'SOBRE EL MONTAJE

SOBRE EL MONTAJE

Dicen que el montaje es otro parto. Después de parir las escenas en el rodaje donde el corazón me latía a mil, me enfrenté al montaje pensando en el corazón. Dicen que el corazón es como una casa donde alojas un afecto en cada habitación, no hay que juntarlos, ni tenerlos todos en el mismo piso. Hay que dejarlos sueltos, libres de ir y venir, sin agobiarlos.

Tengo que hacer un relato emocional conducido por lo que ocurre en el interior de los personajes. No me voy a guiar por situaciones argumentales. Así que me concentro en captar la emoción específica de cada escena o de cada instante. Me pongo en el lugar de los personajes y eso hace que el trabajo de montaje sea más interesante. El reto de montar una película como ésta es que cada espectador va a reaccionar ante ella de forma diferente en un principio, pero no tienen que saber ni anticipar lo que va a pasar porque la película los va a arrastrar según se vaya desarrollando.

Podría decirse que esta película tiene una factura de documento, desde el que se observa el barrio de El Cabanyal cuando se pasa por él. Había que lograr que el espectador participara de la vida del barrio a través de los personajes. Nos metemos en la problemática del barrio con gran sutilidad. El montaje es clave para intuir el deterioro del barrio sin implicaciones políticas, sin prejuicios establecidos, así la historia adquiere una visión más universal.

La puesta en escena realista y la excelente interpretación ayudan a mantener la atención de quien comienza sin entender nada y haciéndose muchas preguntas de lo que pasa, del porqué de esa actitud o de si esto sucedió antes o después de lo otro.

Montando este film me he sentido como una directora de orquesta, contrapesando, compensando, llevando la mirada al paisaje cuando convenía, llevándola a los secundarios, llevándola a los grandes momentos de las interpretaciones, mimando al actor con un ritmo exacto, con una fotografía naturalista y molesta en muchos momentos.

Mi apuesta es arriesgada porque no respeta la linealidad narrativa temporal ni espacial y trocea las secuencias en tantas piezas que el espectador debe adoptar una actitud activa para ir recomponiendo un puzzle en que todo encaja perfectamente al final. Este ha sido el objetivo de mi cuidado montaje.

No hay nada gratuito, toda acción tiene sus consecuencias y los personajes se ven obligados a asumirlas y afrontarlas.

Más allá del paisaje construido de forma natural por la destrucción de casas sacrificadas por el afán de un urbanismo demoledor, la película se construye a sí misma con la solidez que a veces deviene de la irregularidad. Irregularidad por la forma en que está contada. Por la historia que cuenta. No hay garantías de nada. Sólo de que hay vida y de que hay que hacerse responsable por ella. Quizás, detrás de esos “pedazos” a los que alude el título de la película -reflejo tanto de la vida de la protagonista, como del estado del barrio- se esconde algo que vale la pena descubrir.

Cuando acabé el montaje, mi corazón se había serenado, cada afecto que habitaba en él tenía su espacio en ese lugar diáfano que es el cine.

'TITAINA IBÉRICA  (por Bigas Luna)

TITAINA IBÉRICA (por Bigas Luna)

Hace más o menos un año que murió Bigas Luna. Me lo encontré en La 2 repasando los iconos ibéricos en el documental en el que él mismo se dirigió. Ese repaso que hacía de símbolos e iconos de nuestro país reflejando la cultura ibérica, tanto positiva como negativamente, me llevó a revisar todos los placeres que encontré en El Cabanyal mientras hacía el trabajo de campo previo al rodaje de “Pedazos de mi”.

Cuando vi “Jamón Jamón” yo vivía en Londres, era una adolescente estudiando inglés y mis hormonas luchaban unas contra otras buscando un lugar donde apaciguar el exceso. Menciono el exceso, en el sentido más armónico de la palabra, y no puedo evitar pensar en La Pascuala, en sus bocadillos de barra de pan con dos manos. Llenos de carne de caballo, de lonchas de jamón y cebolla, de huevos fritos, de patatas bravas. Las tripas se te abren al son de tabalets y dolzainas. El tiempo ha pasado y los bueyes que varaban embarcaciones y salvaban náufragos en la playa del Cabanyal, ahora se comen a lonchas en La Pascuala. Y a dos manos. ¡Claro que sí! ¡Todo siempre es mucho más jugoso a dos manos!

Bigas Luna hablaba de la fregona, del chupa-chup, de los huevos del toro de Osborne… Yo rememoro mientras salivo el plato lleno de clóxinas de Casa Diego con una cerveza bien fría, amarilla, con espuma… ¡eso sí que es fetichismo!

Y si hablamos de desfogar la presión interna después de días andando por solares desiertos, descubriendo luchas vecinales y viendo tapiar casas de las que salen los habitantes okupas con sus colchones de muelles cargados en carros de Mercadona, no hay nada más tradicional que aposentar el culo en un taburete junto a un gran barril que hace de mesa y degustar unas anchoas despeinadas con tomate raff en Casa Guillermo.

Y veo cometas en el cielo, caxirulos de Pascua ondeando por la playa de La Malvarrosa. Y se hace de noche, pero no es una noche cualquiera, es la noche de la resurrección y en el Cabanyal no se quedan quietos rezando y cantando aleluyas, no. Vuelve el exceso y escucho ruidos de algo que se rompe. Giro la esquina y entro en la calle Barraca. Cubos llenos de agua son lanzados por las ventanas. Pero… y los ruidos, ¿de dónde proceden? Avanzo por la calle y he de apartarme pues  por las ventanas salen disparadas vajillas,  piezas de loza que arrojan sin parar. ¡Es alegría porque dios ha resucitado! Si en “La teta y la luna” de Bigas Luna salía un chorro de leche de un pezón, aquí sale la porcelana por la ventana. ¡Qué lujuria! Sin embargo, no es un efecto ilusorio como en el filme, es una realidad que hace que mis hormonas ya más reposadas que en Londres vuelvan a correr por mi cuerpo en busca de un cobijo donde serenar la escena surrealista que lamento no haber podido grabar.

Y me refugio en Casa Montaña. Y pegada a la mesa-barril me sirven una tapa de titaina ibérica con pan. Ibérica porque el tomate es de la huerta mediterránea y el pimiento… Mis papilas gustativas se excitan expandiéndose y contrayéndose con ese pisto de pimiento, tomate, atún y piñones. Tollina de sorra, es como la llaman. Y observo, a través de la ventana, y el sol que se filtra me calienta el pecho, el rostro, y el estómago arde con el vino tintorro, con el porrón que alzo y elimina su líquido rosado, violeta. Y echo de menos otra película de Bigas Luna, mientras las chitis que pasan por la acera gritan a sus hijos pequeños que hincan la cabeza buscando al fondo de un contenedor. Esto no es La 2, ni estoy en Londres, pero hay exceso por todas partes. Qué bueno está el vino del porrón.

'DEJARSE IR

DEJARSE IR

“Si quieres autoafirmarte, hazlo en la cama, en un bar o en política, pero no en un set de rodaje”. Esto lo dijo el director de fotografía Christopher Doyle. Una empieza sin nada para encontrar lo que hay dentro. Yo he seguido el rastro de la mayoría de directores asiáticos con los que Doyle suele trabajar,  y lo que hacen es “encontrar la película”, encuentran el sentido en lugar de tenerlo determinado, encuentran la película en lugar de construirla. Y eso es lo que hemos hecho nosotros. Cuando llegábamos al barrio, cada escena conectaba con la siguiente. Teníamos el espacio y colocábamos a los actores en ese espacio para averiguar qué harían en él. Así que, encontrar la localización que te diga algo, encontrar un estado de la mente, encontrar los colores que sugieren un cierto ánimo, era básico para nuestro acercamiento a esta película. Estoy muy orgullosa de cómo se siente el barrio del Cabanyal en esta película.  Y sólo puede ocurrir una cosa, que acabes amándolo.

Los actores no tenían guión y tratábamos de introducir el componente humano en el movimiento de la cámara, hacer el encuadre totalmente intuitivo y dejar que la interacción entre la cámara y los actores fuera orgánica. Esto requería por parte de los actores y del operador de cámara un esfuerzo muy grande y todos han sido muy flexibles a lo inesperado. Los actores han sabido utilizar sus gestos, provocar el brote de unas lágrimas en sus ojos, o simplemente compartir con  la cámara su quietud en un espacio hostil y desangelado. Nunca han estado perdidos por un inesperado cambio en el clima o porque otro actor reaccionara de otra manera a lo esperado. Nadie esperaba nada. Entendieron que tenían que adaptarse a lo que era esencial. Las intenciones, ideas o emociones de cada uno han ido conformando el estilo de esta película. Se trata de reaccionar ante lo que tienes delante. ¿Y no es eso en lo que consiste la vida? En ese sentido, mis actores Silvia Valero, Ángel Figols, Mercé Tienda o Peter Pardo  y mi reducido equipo técnico dirigido por Sancho Ortiz de Lejarazu, han sido excelentes. Han entendido que uno debe esculpir la luz, o la piedra, o el intelecto, para encontrar lo que es esencial en una idea, en un trozo de piedra o en una película como hicieron Tarkovski o Giacometti.

Creo que hacer cine, a veces no es una cuestión de guión, de técnica o de la historia que se quiera contar, sino de personas y de comunicación. Todo el equipo se apuntó a un desafío, el de encontrar una película que no existía en el Cabanyal, un viaje totalmente inseguro cuyo punto de partida era la liberación, la identidad, el atrevimiento y la responsabilidad.

Con el deseo de autoafirmarme en el bar o en la cama, nunca en política, con Christopher Doyle, que ha encontrado tantas películas junto a Wong Kar-wai, Gus van Sant, Jim Jarmusch, Phillip Noyce, Zhang Yimou, o Pen-ek Ratanaruang, me abrazo a su forma de ver el cine cuando dice que “Rodar es encontrar la manera de ser intuitivo y dejarse ir”. El sexo también.

'ESA EUFORIA DE NO SENTIR NADA

ESA EUFORIA DE NO SENTIR NADA

Después de solucionar nuestro problema y localizar  otra casa gracias a la colaboración de uno de los hombres que más aman al Cabanyal, gracias Vicente, continuamos con el rodaje. Teníamos 14 días para grabar, ni uno más ni uno menos. Así es como lo establecía nuestro plan de rodaje según el presupuesto. Sancho, el director de fotografía, y yo habíamos acordado que no utilizaríamos ni un solo foco artificial.  Una de las características de la película es que siempre rodaríamos con luz natural.  El sol era el que indicaba la hora de citación con los actores. Si no hacía sol, nos íbamos a casa y se suspendía el rodaje. No hemos utilizado ni un solo foco de luz artificial. Sancho, que venía del norte de España a trabajar a Valencia, quería experimentar con la luz del Mediterráneo.Y era agradable verlo disfrutar. Estudiaba cada día la posición del sol y el rodaje se movía a la misma velocidad que lo hacía el GRAN FOCO.

Pero todo se volvió lúgubre el tercer día de rodaje. Ese día, grandes nubes tapizaron el cielo de nuestra ciudad y el sol decidió no despertar y no acudir al rodaje. A pesar de ello, todo el equipo acudimos a nuestra cita en la calle José Benlliure 171, en el solar donde transcurre la mayor parte de la película.

Después de un rato mirando el cielo, decidimos volver a casa y posponer el rodaje. Cuando piensas sobre el rodaje paralizado de un día nublado en el momento en que estás pensando en rodar, es como cuando lees un poema de Paul Verlaine, sus frases fluidas parecen tener sentido, pero cuando levantas la vista de la página resulta imposible decir cuál había sido ese sentido. Me fumé un peta y me puse la película de Los amantes del Point de Neuf de Leos Carax. Ahora no sentía nada. Podía ver la sucesión de planos de la película sin escuchar los diálogos y buscaba el sol en cada secuencia. Me entró una especie de euforia por mi repentina incapacidad de sentir. Después vi Una habitación con vistas, de James Ivory, y pensé en mi equipo de rodaje que había confiado en mí para rodar una película cuyo ayudante de dirección era el sol, que decía a qué hora teníamos que empezar cada mañana. Llamé a Sancho y se estaban tomando unas clóxinas en casa Diego, en la calle Escalante.  Cuando colgué tenía una llamada perdida.  Era José Manuel, el párroco de la Iglesia de Los Ángeles del Cabanyal. Me decía que teníamos permiso para rodar dentro del templo. Quien me iba a decir a mí que un sacerdote me iba a salvar de esa euforia repentina de no sentir nada. Cogí mi carpeta y continuamos el rodaje en el interior de la iglesia.

'HERIDOS, PERO NO MUERTOS

HERIDOS, PERO NO MUERTOS

La primera secuencia del rodaje era nocturna. Mientras cenábamos María, la ayudante de  producción nos trajo una noticia: Había un hombre herido tras caerse el techo de la casa donde íbamos a rodar al día siguiente. Evidentemente ese barrio estaba vivo. Las casas hablaban cayéndose encima de las personas. No había muertos, solo heridos. Eran reivindicativas, pero no asesinas. El azar quiso que el techo no cayera al día siguiente con todo nuestro equipo dentro. Se adueñó de nosotros un extraño sosiego, un bienestar que hizo mover nuestros culos en el asiento y seguir hincando el diente a los bocatas llenos de mezcla de La Pascuala.

Era una casa que estaba esperando un permiso de obra. Pero este tipo de licencias parece ser que no las dan desde hace tiempo -dijo María. Acabábamos de descubrir que íbamos a grabar una historia sobre la que ignorábamos los detalles y cualquier cosa podría ocurrir. En la mesa de al lado había un mujer con su marido y un niño pequeño. El niño estaba contento lamiendo un helado. Como todos los viernes habían salido a cenar al bar de abajo y el momento más feliz de aquel niño era cuando se ponía delante del panel de helados y pensaba que tenía la posibilidad de elegir uno de entre todos.

Nosotros también  tuvimos la posibilidad de elegir muchos lugares donde rodar y nos decidimos por un barrio en el que las casas iban dejando rastros como boquetes, en el que los vecinos salían a la calle a calentarse al sol y en el que la gente sólo estaba herida, no muerta. Tendríamos que cruzarnos en el camino con muchas más experiencias excitantes antes de poder conocer el desenlace de esta historia. Lo que no sabíamos el primer día de rodaje era que, una vez más, la realidad iba a superar a la ficción.

'RODAJE CON ESPÍRITU CASSAVETES

RODAJE CON ESPÍRITU CASSAVETES

 Hemos rodado en la más absoluta clandestinidad. Durante dos semanas, guiándonos por la luz del sol o por las farolas que daban forma a las calles, nos dedicamos a robar cualquier sitio que nos llenaba de inspiración. Para ello seleccionábamos sólo aquellas cosas que nos hablaban directamente al alma.

“Pedazos de mi” muestra los planos robados en el barrio del Cabanyal durante el verano en que ya nadie se acordaba de construir una avenida porque no había dinero. Los actores no contaban con un guión previo. Acudían a su citación sin saber a qué secuencia tenían que enfrentarse. El estado de ánimo de su personaje era de las pocas pistas que les daba. Sólo yo tenía el guión en la cabeza. Se trataba de hacer cine sin límites, en total libertad cinematográfica. Sentíamos el espíritu  Cassavetes como cuando con su equipo robó allá por los años 60 los primeros planos de la noche de Nueva York.